Kirmann

Historia

François-Antoine Kirmann nació en Alsacia (Francia) y formó parte del núcleo de oficiales franceses asignados para organizar y dirigir a los jinetes mamelucos que Napoleón trajo tras su campaña en Egipto (1798-1801). Alcanzó el rango de Jefe de Escuadrón de los Mamelucos de la Guardia Imperial, guerreros de élite y escolta personal del Emperador. En algunas referencias le denominan Jean-Baptiste Kirmann.

De joven, se unió a las fuerzas revolucionarias francesas. Su destino, cambió para siempre en 1798, en las arenas de Egipto. Como oficial de caballería de la Grand Armeé, quedó fascinado por la ferocidad de los guerreros locales. Tras la campaña egipcia Napoleón decidió formar una unidad personal de mamelucos. Por su valor y capacidad organizativa Kirmann, entre otros oficiales, fue nombrado uno de los encargados de liderar este cuerpo dentro de la Guardia Imperial. No eran simples soldados; eran el «arma de choque psicológico» de Napoleón.

El escuadrón de mamelucos de la guardia era un cuerpo de élite donde soldados y suboficiales tenían origen egipcio. Kirmann sirvió como teniente (y más tarde capitán) en esta famosa unidad de elite muy característica por su vestimenta oriental, sus cimitarras y su ferocidad en combate.

Entre 1808 y 1811 participó en las campañas europeas más importantes de Napoleón Bonaparte. En la Grand Armeé fue uno de los principales comandantes de los mamelucos durante el apogeo del Imperio.

En la «Batalla de los Tres Emperadores», (Austerlitz ,1805) Kirmann liderando a los mamelucos, vivieron su bautismo de gloria.

La Guardia Imperial Rusa lanzó una carga devastadora que amenazaba el centro francés. Napoleón ordenó a su caballería de élite contraatacar. Kirmann y sus mamelucos cargaron al grito de «¡Alá!» (que conservaban por tradición) y junto a los Cazadores a Caballo de la Guardia, se lanzaron contra la Guardia Imperial Rusa.

Rompieron las filas de los jinetes de la Guardia Rusa, capturando estandartes y artillería. Fue aquí donde los mamelucos demostraron que no eran solo «decoración» exótica, sino una fuerza letal en el cuerpo a cuerpo.

Esta es una de las cargas de caballería más famosas de la historia en la que consolidaron la victoria de Napoleón.

En Eylau (1807), cargó bajo una tormenta de nieve que cegaba a los hombres e impedía ver a pocos metros. El centro francés estaba siendo machacado por la infantería rusa.

Kirmann participó en la legendaria carga de los ochenta escuadrones liderada por Murat. Los mamelucos, con sus capas ondeando en la tremenda ventisca, atravesaron las líneas rusas en dos ocasiones. En la nieve el combate se convirtió en un cuerpo a cuerpo. Kirmann y los mamelucos demostraron una increíble maestría con el sable en un caos individual de vida o muerte.

Eylau además de ser visualmente fantasmagórica por la enorme ventisca fue una de las batallas más sangrientas de las Guerras Napoleónicas.

En España, bajo su mando, los mamelucos participaron en la represión del levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid. La unidad desfilaba por la Calle de Alcalá y la Puerta del Sol, sus uniformes orientales desataron la ira de los madrileños, veían en ellos un regreso de la ocupación musulmana. Ver turbantes y cimitarras en el centro de Madrid encendió un odio religioso y ancestral.

Las madrileñas eran las más feroces y se dedicaron a la “caza del mameluco”. Desde ventanas y los balcones, les lanzaban agua hirviendo, macetas y cualquier otro objeto contundente. Los hombres, mientras tanto, se tiraban debajo de los caballos de los mamelucos y con sus navajas abrían las barrigas de los animales consiguiendo desmontar a los mamelucos a los que cosían a navajazos cuando perdían su caballo.

Como oficial, Kirmann tuvo la difícil tarea de reorganizar a sus hombres en calles estrechas donde la caballería pierde su ventaja, es más vulnerable. Ese dos de mayo la unidad fue diezmada. Los mamelucos respondieron con una ferocidad ciega, usando sus cimitarras para abrirse paso entre la multitud.

Kirmann quedó horrorizado por la brutalidad de la lucha callejera. A diferencia de una carga en campo abierto, aquí se luchaba cuerpo a cuerpo en portales y esquinas. Fue en esta jornada donde los mamelucos ganaron su reputación de «carniceros», respondiendo a los ataques civiles con una violencia extrema.

Kirmann sobrevivió a esta jornada, aunque muchos de sus hombres cayeron en la Puerta del Sol.  Esta jornada quedó inmortalizada por Francisco de Goya en su famosa “carga de los mamelucos” en la Puerta del Sol madrileña y selló el odio eterno de los españoles hacia los mamelucos, a quienes llamaban «los hijos de Mahoma».

El principio del fin se vivió en la Campaña de Rusia (1812). En Borodinó la caballería cargó contra los reductos rusos bajo un infernal fuego de artillería. Aquí no fueron las batallas sino el clima, durante la retirada de Moscú, el que diezmo a su unidad. Los mamelucos sufrieron mucho más que cualquier otra unidad. Los caballos árabes, acostumbrados a temperaturas más cálidas, morían por miles, y los jinetes con sus uniformes de seda sufrían mucho más que otras unidades las inclemencias que les causaba el «General Invierno».

Aun así, Kirmann fue de los pocos oficiales que mantuvo cierta cohesión en lo que quedaba de su escuadrón, aunque, noche tras noche tenía que ver cómo hombres y caballos morían por congelación.

Al final de la retirada, casi sin caballería, Kirmann formó parte del llamado «Escuadrón Sagrado». Este escuadrón estaba compuesto únicamente por oficiales actuando como soldados rasos para proteger la vida de Napoleón en los kilómetros fínales de la retirada de Rusia.

En Waterloo (1815) la unidad de mamelucos estaba muy mermada. En esta última gran apuesta de Napoleón se produjo el ultimo galope de los mamelucos. Cargaron varias veces contra los cuadros de la infantería británica de Wellington. Fue el final de la carrera militar de Kirmann y se produjo el último galope de los mamelucos. El Imperio se desmoronaba definitivamente.

Tras la caída definitiva de Napoleón en 1815, el mundo de Kirmann se desmoronó. El destino de la unidad y sus oficiales fue trágico.

Como oficial de una unidad tan estrechamente ligada al Emperador, fue visto con extrema sospecha por la Restauración Borbónica. Mientras muchos de sus soldados mamelucos eran masacrados en Marsella por turbas realistas, fueron linchados en Marsella al grito de «¡Muerte a los mamelucos del Tirano!». Kirmann logró sobrevivir al «Terror Blanco» gracias a sus raíces francesas.

La unidad fue oficialmente disuelta y sus supervivientes se dispersaron. Algunos oficiales franceses como Kirmann intentaron integrarse en el nuevo ejército real o se retiraron a la vida privada, alejados de la gloria imperial.

Finalmente, se retiró de la vida pública, viviendo con la nostalgia de un imperio extinguido y conservando sus sables como reliquias de una época donde Oriente y Occidente se unieron bajo una sola bandera.

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Uniforme

En el campo de batalla, Kirmann era una visión imponente. El uniforme y equipo de este cuerpo de élite eran una mezcla única de la tradición militar francesa (galones y distinciones de oficial francés) y el exotismo oriental de los mamelucos (pantalones charoual, turbante, cimitara). Estos uniformes estaban diseñados específicamente para impresionar y atemorizar en el campo de batalla.

Como oficial, Kirmann vestía de una manera extremadamente llamativa, diferenciándose de los soldados rasos por la calidad de las telas y los bordados. Llevaba un turbante o «cahouk» rojo, rodeado por un paño de seda blanca o de colores. En la parte superior solía lucir un penacho de plumas de garza o buitre, símbolo de mando.

Una chaqueta exterior de seda o lana fina (Beniche), generalmente de color azul o verde para los oficiales, ricamente bordada en oro. Debajo llevaba un chaleco (Gilet) ajustado sin mangas.

Para las piernas usaban los característicos pantalones bombachos orientales (Saroual), de color rojo brillante y extremadamente anchos, que permitían una gran movilidad a caballo y, a la cintura, una ancha faja de seda multicolor que servía para sujetar sus armas de mano y como soporte lumbar durante las largas cabalgatas.

El Armamento que protaban era de «Estilo Oriental». Su arma principal era un sable de hoja curva muy pronunciada (Cimitarra), fabricado en Francia pero al estilo mameluco. Los oficiales como Kirmann solían tener empuñaduras de marfil o plata con grabados imperiales.

Cruzado en la faja de la cintura un cuchillo de hoja recta o ligeramente curva (Yatagán). Aunque parezca anacrónico para el siglo XIX, los mamelucos portaban un hacha de combate y una maza, armas que usaban para el combate cuerpo a cuerpo y la intimidación con el objetivo de romper filas de infantería.

Llevaban un par de pistolas de lujo en sendas fundas de la silla de montar y, a menudo, otra pistolita más pequeña metida en la faja. Por último, en ocasiones, un fusil corto para el combate a caballo, aunque realmente, los mamelucos preferían las cargas con sable.

Kirmann personificaba el terror psicológico que Napoleón lanzaba contra sus enemigos. El equipamiento de sus caballos también resultaba exótico. Las sillas de montar estilo árabe con estribos anchos, una buena palanca para erguirse sobre el caballo y así, golpear con más fuerza con el sable. Las mantas de la silla (shabracks) eran de piel de pantera o de lana roja con bordados dorados, lo que completaba una imagen imponente que, en batallas como Austerlitz, desmoralizaba a los oponentes antes siquiera de chocar.

Alejandro Labourdette Díaz