El sueño de George Miller

- Jeep Willy: Dragón
- Figuras: Dragón y Rado, con pequeñas transformaciones

Allá por los ochenta surgió la saga cinematográfica de Mad Max, que hasta hoy ha acumulado una legión de seguidores. El filme, dirigido por George Miller, relata un mundo distópico, postapocalíptico, de supervivencia y aventura violenta, caracterizado por su estética desértica, vehículos customizados y tripulados por bandas salvajes y extremas. Un mundo donde los recursos como la gasolina y el agua son motivo de constante guerra y acción.






Perdón, perdón, creo que me estoy liando: yo no venía a hablar de Mad Max y sí del Special Air Services (SAS), más conocido por su acrónimo S.A.S. Pero bueno, siempre me ha parecido que ambos relatos compartían, en esencia, un misma historia o relato: el desierto como un lienzo implacable que define la supervivencia, la guerra y la excéntrica personalidad de sus protagonistas.
El SAS operaba en el vasto desierto del Gran Mar de Arena del norte de África, un entorno tan hostil como el outback post apocalíptico de Miller. Ambos marcados por los inhóspitos e imposibles áridos y tormentas de arena, ante los que sus vehículos se modifican para sobrevivir, son bestias improvisadas, diseñados para la velocidad y la guerra. En el caso de esta maqueta es un Willys modificado, despojado de piezas superfluas para aligerar peso y ahorrar combustible. Estos vehículos van armados hasta los dientes: Vickers, Breda, Browning, y bastimentos para soportar travesías extremas.



En ambos mundos el entorno es un «personaje» opresivo que cubre todo con arena, desde la piel hasta las máquinas y los vehículos reflejan una estética de improvisación y resistencia. La mística en ambos mundos también resuena profundamente, en Mad Max, Max Rockatansky es un «Ronin errante», un mito del desierto gritando «¡Valhalla!» en un éxtasis mortal, mientras que en el desierto libio, David Stirling, apodado el «Phantom Major» por los alemanes, se convierte en leyenda por sus raids invisibles, que destruían aviones enemigos en operaciones nocturnas.



En ambos mundos sus protagonistas son «nómadas de la guerra», viven en oasis remotos como Jalo o Kufra, en donde se celebra la autosuficiencia. Los soldados del SAS eran innovadores y resistentes, como los supervivientes de Mad Max, donde sus incursiones prueban tanto el cuerpo como el alma. La guerra no se libra en frentes masivos, sino en emboscadas y huidas, donde la astucia supera a la fuerza bruta, en donde las persecuciones son eternas, «atacar y desvanecerse», en donde la improvisación y la movilidad son clave. El SAS, con su legado de audacia, resuena en el espíritu nómada y caótico de Mad Max.


Una vez más y en mi opinión, la fantasía no es más que una interpretación de la historia, sin la que no se sostiene la primera. La concordancia entre ambos relatos me lleva a la fabula filosófica de la hoguera de Platón, en donde los hombres cavernarios tomaban las sombras por la realidad…

No me disgustan las películas de Mad Max, pero prefiero evocar un jeep Willy, con un aventurero educado en Cambridge, que con una Thompson en la mano y tocado de un turbante, da instrucciones a un duro neozelandés. Van a pillar a los Hunos con los pantalones bajados.


José Antonio Fernández Mayoralas



